TAS – RAÍCES: EDITORIAL


Tal y como estaba previsto y haciendo gala de una desvergüenza inmensa, el gobierno indultaba está semana a los presos separatistas condenados. Para mayor desfachatez, dichos presos bendecidos con la varita del infame Sánchez, haciendo gala de su rotundo desprecio al gobierno que los indultaba, se mofaban públicamente aireando la debilidad de dicho gobierno.Como de todos es sabido que el que avisa no es traidor, alguien escribía en las redes una frase que a la vez que ingeniosa, resultaba desalentadora por lo acertado de su planteamiento. En dicha frase se recalcaba que si el gobierno era capaz de indultar a quien quería, sería también capaz de encarcelar, llegado el momento, a quien quisiera. Malos tiempos se avecinan y habrá que estar preparado.

Desgraciadamente, sabemos que el gobierno será capaz de cualquier cosa con tal de perpetuarse en el poder. El problema no es solo la verdadera legión de fieles capaces de seguir a pies juntillas cualquier cosa que sale del Consejo de Ministros. En los días previos a dicho indulto, la movilización de los acérrimos del gobierno justificaban en las redes la medida en pos de lo que denominaban diálogo y concordia. El problema ha sido comprobar la inacción o incluso el total apoyo a dicha medida de los líderes de varias de las organizaciones sobre las que se asienta el régimen. Hagamos un rápido ejercicio de memoria: Que el rey no iba a tomar medida alguna que pusiese en entredicho la Corona era por todos sabido.

Habría que empezar por preguntar al monarca qué considera él que esté en un plano superior: si la corona o la unidad de España. Más lamentables han resultado el apoyo de los líderes sindicales, auténticos paniaguados del sistema, del líder de la patronal o el espaldarazo que la Conferencia Episcopal otorgaba a dicho diálogo. Si el gobierno que más trabajadores manda al paro cuenta con el respaldo de los “representantes” de dichos trabajadores, mal vamos. Si el máximo exponente de la principal asociación de empresarios se alinea con el principal responsable de la quiebra de cientos de empresas y de políticas de auténticas clavadas impositivas, la situación es descorazonadora.

Si para colmo de males, la Conferencia Episcopal solo se moja para sacar la cara a un enemigo declarado de la Iglesia justificándose en el apoyo a un clero catalán que lleva décadas bendiciendo la ruptura del país que evangelizó un continente entero, la situación es para echarse a temblar.A tenor de dichos apoyos, cada vez parecemás inviable una defensa de la Constitución que a la postre, como un Saturno devorando a sus hijos, se ha terminado por convertir en la coartada que el independentismo tiene para engordar a base de autogobierno, mientras por otro lado, establece mecanismos para impedir la defensa de la unidad de España o de la propia Constitución.

Da la impresión que el largo recorrido que comienza a finales de los setenta con el referéndum favorable a una Carta Magna que comienza hablando de nacionalidades, va a terminar por convertirse en un inmenso agujero negro en el que acabará por desaparecer todo lo que queda de España.¿Quién defenderá entonces la unidad de España si las patas sobre las que se asienta el régimen esconden la cabeza? Pues solo nos queda el pueblo español. Ese mismo pueblo español que con Madrid a la cabeza, se sublevaba aquel 2 de mayo frente a la invasión napoleónica.

Lo que está claro es que atravesamos un momento crucial en nuestra historia. Los presos indultados ya han manifestado su intención de volver a intentar la vía independentista. El mismo Otegui ya ha solicitado la amnistía para los presos etarras, previo paso, lógicamente, al deseo de independencia de las Vascongadas. Poco, sin embargo, podremos hacer sin una mayor determinación y una movilización constante. Es imprescindible abandonar o apartar todo aquello que nos divide a quienes nos identificamos con el patriotismo y trabajar en pos de una unidad de acción que suponga un freno al ansia separatista y conseguir apartar del poder a la panda de traidores que conforman el gobierno.

Hay una palabra que debe convertirse desde ya en nuestro primer y más importante exponente: el compromiso. Sin un mayor compromiso, sin el compromiso de muchas más personas, nuestras acciones caerán en saco roto.No queremos terminar nuestro editorial de hoy sin manifestar nuestro total e incondicional apoyo a los presos de Blanquerna. Es vergonzoso comprobar la distinta vara de medir y la desproporcionada sentencia contra un grupo de españoles cuyo único delito fue interrumpir un acto que abogaba por la ruptura de España.¡Amnistía para los presos patriotas!

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