EDITORIAL TAS-RAÍCES


En una de aquellas columnas que el genial y prolífico dramaturgo Alfonso Paso, escribía en el diario El Alcázar, mencionaba la división que su padre, el también dramaturgo Antonio Paso, hacía sobre los dos bandos que había en España: uno, el de los que trabajan y ganan dinero; otro el de los que trabajan para quitarle el dinero a los que lo han ganado. Una aseveración que, medio siglo después, nos resulta tremendamente familiar.

Viene todo esto a colación del varapalo que el Tribunal Constitucional endosaba al famoso impuesto de plusvalías, pronunciándose contra el cálculo que los ayuntamientos hacían de este impuesto y declarándolo nulo de facto. Una buena noticia para todos.

Este impuesto de plusvalías es una de tantas formas con la que los políticos al frente de los ayuntamientos nos atracan llegada la ocasión. Justo es recordar y agradecer que esta guerra contra semejante sablazo partió de un conquense, Don Antonio Escribano, que es el primer ciudadano que protestó contra el cálculo de este impuesto, iniciando una batalla legal que afortunadamente ha terminado dando buen fruto.

Resulta obvio recordar que si la voluntad, perseverancia y tesón de un solo ciudadano es capaz de conseguir frenar este robo, ¡Qué seríamos capaces de conseguir unidos miles y miles de españoles!Poco debe importarnos que la indignación contra la prohibición de dicho robo una a alcaldes a derecha e izquierda, como Colau o el zaragozano Azcón. Lo que los ciudadanos no debemos tolerar de ninguna manera es que se nos obligue a pagar continuamente por lo que en propiedad nos pertenece. También es verdad que ya buscarán la manera de cubrir lo que recaudaban, haciéndonoslo pagar de mil formas.

La cuestión es que cuando estamos a punto de alcanzar los 22 años del presente siglo, vivimos en una sociedad donde cada vez pintamos menos, cada vez somos más pobres y a la vez, más expoliados.Hay cosas que son difíciles de entender si vivimos al margen de cómo funciona en realidad al mundo. Remontémonos unas décadas atrás, concretamente tras la caída del muro en noviembre del 89, para detenernos en una curiosa paradoja: cae el muro de Berlín, símbolo del bloque europeo comunista y todo parece indicar que el bloque occidental y capitalista ha vencido en aquel particular conflicto bautizado como guerra fría.

Inexplicablemente, cuando los países occidentales pueden derrotar de una manera contundente a todas las organizaciones de corte marxista que hay en su terreno, son precisamente estas organizaciones, disfrazadas de mil maneras, las que comienzan a asentarse en las instituciones sin ninguna limitación, contando con el beneplácito del sistema al que supuestamente dicen combatir.

La prueba de esto la tenemos hoy en día simplemente echando un vistazo a nuestro alrededor. A día de hoy en España, ya no somos dueños ni de nuestro dinero, ni de nuestras propiedades, ni de nuestros hijos. El gobierno actual, a la manera soviética, es el que decide que nuestros propios hijos puedan cambiar de sexo, abortar, o emporrarse mientras a nosotros se nos va a terminar por prohibir hasta el simple hecho de comprarles una golosina. Conviene recordar, no obstante, que todo esto se produce simultáneamente a una bajada en el nivel de la enseñanza, donde el gobierno te roba conocimiento pero te regala titulaciones.

A puro de ser pesados, siempre nos vemos en la obligación de recordar a todos los españoles de que al margen de las luchas meramente políticas, es imprescindible dar la batalla en la cultura, los medios, la educación y sobre todo, en la calle.Por otro lado y cambiando totalmente de tercio, no podemos abstraernos hoy al sentimiento de cólera popular tras el vergonzoso asesinato de un niño en La Rioja a cuenta de un asesino reincidente al que por dos veces se ha soltado.

Digámoslo alto y claro: las leyes penales españolas son una puñetera vergüenza, siempre al servicio del criminal y delincuente cuyos «derechos» protegen escrupulosamente, a la vez que desamparan a las personas honradas. O tomamos verdadera conciencia de todo lo que nos jugamos, incluidas la vida y seguridad de nuestros hijos, o esto acabará por derivar en un caos de difícil solución.

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